COSAS DE VIEJO

...la vejez, todos desean alcanzarla
y, una vez que lo han hecho,
se quejan de ella.
(Ciceron, De senectute)

Hay ocasiones en que las lecturas agravian más de lo que complacen o reconfortan. No se le ocurra jamás a un viejo leer la Retórica de Aristóteles; el sesudo retrato psicológico que el estagirita hace de la vejez es hasta tal punto deprimente que termina uno aceptando como obligado corolario la afirmación vertida un centenar de páginas antes: nunca hay que portarse bien con un viejo, aunque lo hiciera citando a Diogeniano. Viene a decir que los viejos (no rechazo la palabra, ahora tan infamada y denostada, en este tiempo en que la necedad pretende imponerse también en el lenguaje; he llegado a leer cómo a Catón el Viejo le llamaban Catón el Mayor. ¡Qué diría Borges, si viviera!) los viejos, decía Aristóteles, son inseguros, ignorantes, malhumorados, suspicaces, desconfiados, contradictorios, pobres de espíritu, mezquinos, cobardes, egoístas, desvergonzados, desesperanzados, charlatanes, calculadores, desganados, débiles, quejicosos, perversos…

Y, si logra uno sobreponerse a la depresión o al noble impulso de quitar de en medio, en beneficio de la humanidad, tal escoria, lo más lamentable es que, pensándolo bien, la diatriba aristotélica, cargada de razones, puede que lo esté asimismo de razón, lo cual no extrañaría tratándose de Aristóteles, uno de los hombres más sabios de la humanidad. Porque algo habrá de verdad en ello cuando la sociedad propicia el desprecio y alienta el rechazo de la vejez; decía un personaje de la genial película de Garci ‘Sangre de mayo’, hablando de la obra de MoratínEl sí de las niñas’, “…no lo vas a creer, el protagonista es un viejo, ¡qué horror!…”; y, aunque eso era hace un par de siglos, hoy sigo percibiendo el mismo desprecio a las canas, pese a la persistente propaganda de los que mandan, o, tal vez, precisamente por eso, pues ya sabemos sobradamente que este Gobierno de mentirosos predica justo lo contrario de lo que hace.

Frente al descarnado derrotismo aristotélico, existe esa otra visión apologética que nos presenta Cicerón sobre la vejez, asentada sobre la estoica idea de que una buena vejez ha de derivarse necesariamente de una buena vida. Claro que eso es fácil sostenerlo si, como hace Cicerón, tomamos como fundamento del discurso a Catón, a quien la vejez no resultaba, como a los demás, odiosa ni pesada como el Etna, tal como refiere metafóricamente Escipión en el comienzo del De senectute. Hasta tal punto debía resultarle grato el postrer estado de la vida, a ojos de sus contemporáneos, que quedó para la Historia como Catón el Viejo; y, como refiere M. Esperanza Torrego en la introducción al tratado ciceroniano -Alianza Editorial, 2009-, leyendo la Vejez de Cicerón dan ganas de ser viejo; eso sí, viejo como lo es Catón: sano, rico, inteligente, sensato, prestigioso y respetado.

De todas formas, considero que, pese a la encontrada posición de uno y de otro, hay en el fondo un punto en común. Nuestra vejez se dibuja con los mismos claroscuros de la vida que la precede. Ineludiblemente, somos sufragáneos de nuestros precedentes: de nuestros hábitos y, en el orden moral, de nuestros principios, quien los tuviera; pues como bien dijo Baroja “a los sesenta años ya uno no se vende: o se ha vendido ya, o ha tomado la honradez por costumbre”. Porque, en cierto modo, somos lo que fuimos y lo que seremos -nihil novum sub sole-; o, dicho de otro modo, con palabras de Borges: noto que estoy envejeciendo, un síntoma inequívoco es el hecho de que no me interesan las novedades, acaso porque advierto que nada especialmente nuevo hay en ellas...

Alimentándose de tiempo y de sombra, como el vino, el carácter del viejo se ha ido conformando a lo largo de su existencia y, como la vida no es para el común de los mortales sino una terca sucesión de desdichas, en la que la felicidad es sólo un episodio ocasional, como dijo Thomas Hardy, el anhelo de un viejo, privado ya de toda esperanza, y sabedor de aquello que Borges afirmaba: que al cabo de los años un hombre puede simular muchas cosas pero no la felicidad, se encauza y orienta no ya a la promesa de un día feliz entre los que le quedan, sino meramente apacible, libre de congojas y pesares. Lamentablemente, no todos podemos ser como Catón.

A pesar de ello -y de encontrarme, para mi desgracia, de entre los dos partidos en que suele militar la decrepitud, no en el de los viejos pancistas y vegetativos, sino en el bando circunspecto y melancólico, propio de las personas inteligentes, al decir de Aristóteles, y disculpe el lector la grosera inmodestia-, de todas esas virtudes que Aristóteles atribuye a la vejez, me quedo con la inverecundia y con ese desinterés, cargado de cinismo, que hace del viejo lo que ahora llamamos un pasota; creo entender que algo así pretendía transmitir Montaigne cuando decía que “mucho beneficia a la decrepitud el proporcionarnos ese dulce privilegio del despiste, de la ignorancia y de la facilidad para dejarnos engañar”; pese a la gravedad y decoro del personaje, me parece percibir su perspicacia y desenfado, y una mueca de sonrisa al escribirlo.

Así pues, retomando a Thomas Hardy, resulta inevitable que con el arribo del invierno, la naturaleza, imponga su toque de queda, menguando las vidas hasta llegar a convertirlas en una nadería carente de interés; los días se convierten en una vana sucesión, si no de angustia y alifafes, de vacío y desencanto. Sin esperar ya nada, ni siquiera la muerte. Así transcurre el tiempo, vanamente, regalándole días a la parca.

Negro noviembre de 2023

EL MURO

Pero hoy, cuando es la luz del alba
como la espuma sucia, estoy aquí
velando mis armas derrotadas.
(Ángel González) 

Decía Montaigne que el destierro de la verdad es el primer síntoma de la corrupción de las costumbres. Lamentablemente, ya hemos tenido ocasión de comprobarlo con un Gobierno de mentirosos, presidido por el más mendaz de todos ellos; tan falaz que, como dijo Quevedo, sus obras y sus palabras jamás han tenido comercio, ni se aunaron nunca su boca y sus hechos, y que, para colmo, parece haber mamado hasta doctorarse la doctrina totalitaria, que Orwell reveló en su 1984: “…el acto esencial del Partido es el empleo del engaño consciente, conservando a la vez la firmeza de propósito que caracteriza a la auténtica honradez (…), manteniendo la mentira siempre unos pasos delante de la verdad”. Ya hemos señalado en alguna otra ocasión que toda forma de totalitarismo comienza invariablemente así, corrompiendo el lenguaje, haciendo trampas a la realidad de los hechos para acomodarlos a sus deseos; reescribiendo continuamente la historia. Esta falsificación diaria del pasado, realizada por el Ministerio de la Verdad, es tan imprescindible para la estabilidad del régimen como la represión…; control de la realidad, que en la neolengua se llama doblepensar, como señalaba Orwell; qué desgraciado paralelismo con lo que ahora padecemos. Todo ello, como paso previo y necesario para corromper las costumbres, las leyes y, en última instancia, las personas, hasta convertirlas en rameras complacientes, en expresión de Roa Bastos; porque, según sentencia Quevedo, todo pueblo idiotizado es seguridad del tirano, ama la barbarie y pone su conservación en la tiranía y en la ignorancia, aborreciendo la gloria de las letras y la justicia de las leyes; y no nos cansaremos de repetirlo, tal es lo que sucede: aquí la tiranía se sustenta también con el beneplácito de una masa aborregada y ciega, que se deja engañar gustosamente; las masas adoran el poder, decía Tólstoi.

Así, de tal modo, corrompiendo la verdad y retorciendo el lenguaje, hemos constatado cómo para el autócrata Sánchez y los que lo sostienen, propician y se benefician de su despotismo, convivencia significa hostilidad y confrontación; democracia, dictadura; inclusión, rechazo y desprecio; igualdad, discriminación y privilegios; pluralismo, intolerancia; etc.

Convencido de que el éxito es la justificación de todos los medios, por vergonzosos que sean estos, como advirtiera Balzac, se ha instituido dictador -me remito a sus propias palabras, no sólo a sus hechos-, sometiendo a su voluntad y a sus designios a los demás poderes del Estado, y a costa de la dignidad de la Nación y de la ruina de la democracia, y ha erigido un muro, imaginario por ahora, que separa los buenos de los malos; por supuesto, los buenos son los suyos. A un lado, ha colocado a feministas, sindicalistas, migrantes, lobby LGTBI y, por supuesto, a los de su banda política: socialistas, independentistas, golpistas y filoterroristas. Al otro lado, a todos aquellos que se oponen a sus despóticos propósitos, a sus pactos con los independentistas, a la amnistía de los golpistas, a la desmembración de la Patria, a la desigualdad entre los españoles por razón del territorio en el que vivan, estigmatizados todos ellos con la etiqueta de derecha reaccionaria, derecha conservadora, ultraderecha o, simplemente, los fachas, privados por esencia de legitimidad para el gobierno, y desposeídos sus votantes de los derechos -que no de las obligaciones, sobre todo fiscales- inherentes a la ciudadanía. Para vivir habrá que ser rojo, si no estará uno perdido; no lo digo yo, fueron palabras premonitorias de Baroja.

No hace mucho me parecía exagerado que Rosa Díez y alguna otra personalidad relevante de la vida pública, incluso el famoso padre Mundina, considerasen que Sánchez es un psicópata. Hoy, tras su autoproclamación como Gran Arquitecto del nuevo Muro de la vergüenza, ya no albergo duda alguna. Su discurso de investidura me hizo recordar a Maese Juan, el verdugo de Madrid en tiempos del rey felón -resulta curioso el parecido de ambos felones, Fernando VII y Perrosánchez I: ambos declarando histriónicamente su propósito de marchar los primeros por la senda constitucional y, tras ellos, la chusma complaciente gritando ¡Vivan las caenas!-, pues, como aquél, el verdugo, es tal la fuerza de su egoísmo que al escucharle da la impresión de que habita un mundo sin gente, según refería Baroja.

Lo que no ha dejado claro nuestro actual felón, es qué tipo de muro levantará. Quién dentro y quién fuera. Si muro prisión o muro paraíso socialista. Si muro para que no entremos o muro para que los suyos no huyan. Aunque, bien mirado, da lo mismo. Pues queda claro lo esencial: El despotismo sólo conoce una regla: la fuerza, como dijo Asimov. La sociedad española ha fenecido, pues donde la fuerza, enemiga de la razón, se impone, la justicia se desvanece; y, como dijo San Agustín, donde no hay justicia, no hay sociedad (nom esse republicam, en bella expresión latina). La dictadura sanchista ya ha colocado las primeras piedras de su Muro cainita. Está ya en marcha, precipitadamente, su erección. Réquiem por España y la Nación española, si no lo impedimos.

Y, discúlpeme el lector, si sigo empecinado en una idea: El Monarca mudo.

Yerra, a mi juicio, en su idea de una exquisita neutralidad y no injerencia; cuando, en un momento como este, los principios democráticos que fundamentan nuestro Estado de Derecho, como son la división de poderes, la primacía de la ley, la igualdad entre todos los españoles, la soberanía nacional, el pluralismo político y la indisoluble unidad de la Nación española, están en grave riesgo. Su defensa y la de esa media España, contra la que el déspota de la Moncloa ha declarado de forma manifiesta su repulsa y hostilidad, merecen, al menos, unas palabras. O ¿acaso no es el momento que vivimos tan grave ahora, o más, incluso, que en el año 2017? Y si entonces lo hizo, ¿por qué no ahora, cuando la Constitución corre tan serio peligro a manos de un autócrata? ¿Acaso todas las instituciones y colectivos que han alertado del grave momento que vivimos -Consejo General del Poder Judicial, Tribunal Supremo, asociaciones de jueces y fiscales, magistrados, fiscales, altos cuerpos funcionariales, empresarios, sindicatos, medios de comunicación, periodistas, ciudadanos respetables y notables, el pueblo en la calle, etc.- son unos frívolos o unos sectarios? ¿O tendremos que suponer amargamente que la Corona representa, igual que el Gobierno, ya sólo a media España?

Tal vez, cuando pretenda hablar, y enmendar su tibieza, si no su cobardía, sea tarde y ya no pueda. La media España a la que con su silencio satisface y defiende, es la que lo desprecia. La otra media que lo apoya es a la que defrauda. Su silencio alienta y reconforta a los primeros, en la misma medida en que acongoja y desampara a los segundos. Puede suceder que termine quedándose solo. Y puede suceder que la cosa acabe como en el relato de Bulgákov: Por fin el rey blanco comprendió qué esperaban de él. Arrojó su manto y salió corriendo del tablero. El alfil se echó el manto del rey sobre los hombros y ocupó su casilla; y, añadiría yo, con palabras de Stendhal, sin más expresión que la de un jabalí traicionero.

El Rey parece no ser consciente de que el déspota que nos gobierna ha incurrido ya en diversos lapsus freudianos que ponen de manifiesto sus ansias de usurpar el papel de rey, pues, como dijo Baroja, une a su desmesurada ambición la vanidad de todos los zapateros encumbrados. Así pues, que se ande con cuidado, pues Sánchez, el déspota, aunque estoy seguro de que no ha leído a Mijaíl Bulgákov, aguarda sagaz la ocasión para revestirse de armiño; ocasión que él y los suyos andan afanosamente propiciando.

Negro noviembre del año 2023

LA JUNGLA DE ASFALTO

En la película de J. Huston de tal título, decía un gánster en una reunión de la banda: “… la experiencia demuestra que no se puede confiar en la policía, cuando menos te lo esperas se ponen de parte de la ley…”. Aquí ni siquiera llegamos a tener esa suerte, la banda de Marlaska, el agradaor, que traga con todo y todo le place, menos las mujeres, como dijo Balzac, es la viva imagen de su amo; y, con tal de agradar, ni por error se ponen de parte de la ley. Así, en los últimos días, hemos visto, entre indignados y perplejos, cómo pacíficos manifestantes -ancianos, mujeres y niños, entre ellos- eran aporreados y gaseados por osar manifestarse en las remotas inmediaciones del antro socialista; o cómo era detenido, maltratado, humillado y vejado un pacífico ciudadano, cuyo delito consistía en ser portador de una bandera nacional; o cómo dos periodistas de sendos medios nacionales eran detenidos, mientras desempeñaban su labor informativa, debidamente acreditados (craso error, pues ello permitió a los marlaskitas constatar que no eran periodistas de El País o de la Sexta), pues en eso consistía su delito: en que el público supiese qué estaba pasando en la calle; y, luego, para coronar la infamia, fueron acusados calumniosamente de haber agredido a la policía -digo yo que a lo mejor la agresión fue hacerles un Rubiales, vaya usted a saber-; pues, parafraseando a Job, este Gobierno y sus esbirros pretenden blanquearlo todo con mentiras y usar la mentira en nombre de la ley. Los que tenemos años y memoria podemos apreciar -comparando los precedentes, como los acaecidos ante el parlamento de Cataluña en 2011 o los numerosos rodea el Congreso, o el golpe de estado del independentismo catalán del 2017, etc.- que la actual desmesura y desproporción en la actuación de las fuerzas del orden no tiene otra explicación más que el odio y la intolerancia. El odio del Gobierno social-comunista hacia la derecha, heredero del mismo que alimentó los últimos días de la II República, y que Zapatero, un bobo solemne y malvado -que no puede haber nada más dañino en un gobernante que la necedad en funesto connubio con la iniquidad-, se encargó de revivir y alentar. ¿O es que ya se nos ha olvidado lo del cordón sanitario contra el PP y el pacto del Tinell: Los partidos firmantes (Psoe, independentistas catalanes, Filoetarras, etc; es decir el actual sanchismo y sus socios) del presente acuerdo se comprometen a no establecer ningún acuerdo de gobernabilidad -acuerdo de legislatura y acuerdo parlamentario estable- con el PP en el Gobierno de la Generalitat. Igualmente se comprometen a impedir la presencia del PP en el Gobierno del Estado y a renunciar a establecer pactos de gobierno y pactos parlamentarios estables en las cámaras estatales"? Y es que, todo totalitarismo es enemigo del pluralismo político y más aún de la alternancia política; sólo tolera, en las nuevas formas neototalitarias, un cierto grado de pluralismo consistente en admitir en el sistema a partidos satélites que no comprometan la hegemonía del líder.

Y, encima, en el colmo del cinismo, tenemos que soportar cómo estos cainitas acusan de odiadores a las propias víctimas de su odio, bajo el argumento de que la publicación de los nombres de los diputados (relación, por cierto, de dominio público y constante en el Diario de Sesiones y en la prensa nacional e internacional) que han investido presidente del Gobierno al felón, cuyo nombre se me atraganta, constituye en sí misma un delito de odio. Igual de graves son los ataques que otros esbirros del Gobierno, como la actual presidenta del Congreso -que en eso ha terminado convertido el Congreso, en correa de transmisión del Gobierno- o el propio Gobierno o sus socios, han perpetrado contra el Estado de Derecho y las libertades individuales, cuando la una, en un ejercicio indecente de censura y de sometimiento al ejecutivo, ha pretendido silenciar la voz de un diputado en la tribuna del Congreso, privándolo arbitrariamente de su libertad de expresión y de su derecho de participación y representación política, por ser sus palabras críticas con el Gobierno, borrándolas, además, del diario de sesiones; o, cómo los otros, un miembro del Gobierno y uno de sus socios de ERC, han amenazado a un magistrado de la Audiencia Nacional en el ejercicio de su función jurisdiccional, hasta el punto de verse éste obligado a solicitar el amparo del Consejo General del Poder Judicial frente a tales amenazas. Hablo sólo de algunas cosas sucedidas en los últimos días. Como dijo Robert Burton, castigan con más severidad al que les estorba en su juego que a los verdaderos delincuentes; y con ello, por cierto, evidencian la debilidad de sus razones, cuando han de imponer sus ideas por la fuerza de la autoridad, como apuntara antaño Montaigne.

El despotismo avanza a pasos agigantados en manos de un déspota; sostenido en lo que, en sus propias palabras, ha dado en llamar la ‘dictadura de la mayoría’; porque, como dijo H. Arendt, sería erróneo olvidar que un déspota, mientras se halla en el poder, lo está con el apoyo de la masa. Una masa anónima, sin nombre y sin rostro, como la pintara W. Faulkner, la misma que abarrotaba la antigua Jerusalén al igual que la antigua Roma y donde de cuando en cuando, gobernador y césar le arrojaban pan y espectáculos circenses, de la misma manera que, en la antigua e ingenua pantomima, el pastor que huye de los lobos que lo persiguen abandona los trozos del almuerzo y, como último recurso, al cordero mismo. Porque este recurso: reparticiones y espectáculo es tan viejo como eficaz para los tiranos. Ya lo señalaba Plutarco: “Parece que tenía toda la razón el que dijo que el primero que arruinó la soberanía del pueblo fue el primero que le obsequió con banquetes y reparticiones”; y, sabiamente, Montaigne, nos recuerda cómo el recurso a la distracción -sea o no circense- se manifiesta igualmente eficaz como manto encubridor del despotismo: “Cuando no había ni ley, ni justicia, ni institución que cumpliese con su deber, como tampoco ahora, fue a publicar no sé qué insignificantes reformas…”, llamémoslas hoy leyes trans, LGTBI, protección animal, cambio climático, etc., distracciones con que alimentar a un pueblo mal dirigido. O sea, pan, para unos y circo, para otros. Tal es el sostén ideológico de la satrapía sanchista. Tales los cimientos de la ‘dictadura de la mayoría’, una dictadura bajo el disfraz de la legalidad; que, sin embargo, ya no engaña a casi nadie. Como dijo Balzac, cuando el despotismo está en las leyes, la libertad se alberga en las costumbres, es decir, en los actos del pueblo. La mejor parte de la sociedad, harta ya de las infamias de un autócrata sin escrúpulos, parece haber dicho basta, y es que, parafraseando a Thomas Hardy, llega un momento en que, debido a su larga relación con ellas, los hombres se ríen de las mentiras de los gobernantes mendaces y se rebelan contra su arbitrariedad. Y es que este resucitado Gobierno Frankestein, henchido de prepotencia y desprecio a la ciudadanía -no confundir con la masa-, ha encontrado en ésta una inesperada resistencia a sus espurios propósitos; como ironizó Horacio en sus Sátiras, creyendo devorar una presa frágil, hincaron el diente sobre una piedra.

Echo en falta en este grave y riesgoso momento para nuestra periclitada democracia la voz del Monarca. Es cierto que, conforme a la Constitución, el Rey nada puede hacer por sí mismo, pues sus actos requieren el refrendo del Gobierno. Tiene las manos atadas, es cierto; mas no su lengua. La Constitución le asigna la función de arbitrar y moderar el funcionamiento regular de las instituciones; y es obvio que, por la propia naturaleza, esencia y significación del arbitraje y la moderación, ningún refrendo del Gobierno sería admisible en el ejercicio de tal función; pues, como suele decirse y admitirse sin discusión, nadie puede ser juez y parte en su propia causa. De modo que, humildemente, creo que Su Majestad ya está tardando en pronunciarse advirtiendo al Gobierno que lo legítimo no siempre es sinónimo de justo; que no se puede legislar contra la mitad de la nación y en beneficio propio, porque el fin último de la ley no es otro que el bien común; y, cuando la ley deja de ser recta y aloja en su seno la injusticia, deja de ser ley y se convierte en capricho de tirano. Ya está tardando.

El sanchismo social-comunista y sus socios independentistas -golpistas y filoterroristas-, enemigos declarados de la Nación española, han cruzado el Rubicón; ahora sólo puede haber un vencedor: o ellos o la Nación. De nosotros depende; conviene recordar las palabras de Quevedo: perder la libertad es de bestias, dejar que nos la quiten de cobardes.

¡Viva España!

Negro noviembre de 2023 

EL PSOE VENDE ESPAÑA

Lo eligieron en una revuelta,
cuando era ley lo necesario
y no lo justo. Ya es hora de
que lo justo se declare necesario.
(Shakespeare, Coriolano)


 

Decía Alexis de Tocqueville que las instituciones humanas son por su naturaleza tan imperfectas que basta casi siempre para destruirlas sacar todas las consecuencias de sus principios. Esto justamente es lo que nos toca padecer en este oscuro e incierto tiempo político. El sistema electoral de nuestra precaria democracia fue diseñado para favorecer la partitocracia, es decir, la prevalencia de las oligarquías partidistas sobre la voluntad ciudadana, que de ese modo resultaba de facto dirigida y pastoreada por aquella, como si de un rebaño se tratara; movidos, tal vez, los legisladores por la buena intención de paliar la bisoñez o de ilustrar la ignorancia o de aliviar la impericia en las tareas democráticas del noble pueblo español, tras cuarenta años de dictadura; así pues, listas cerradas y bloqueadas; y, también, para dar satisfacción a los nacionalismos periféricos, minoritarios en el conjunto de la nación: circunscripción electoral ad hoc y sistema D’Hont. Es de agradecer que los políticos, desde los tiempos más remotos, siempre han actuado movidos por fines nobles y puesto el pensamiento en el bien común y no en su propio interés; disculpe el lector el desahogo.

Llevado a sus últimas consecuencias, el sistema ha implosionado: los nacionalismos vasco y catalán muy minoritarios en el conjunto del electorado, y enemigos declarados de la nación española, cuya desaparición pretenden, pero admitidos y financiados, paradójicamente, por sus potenciales víctimas, han impuesto a ésta sus infamantes pretensiones, encaminadas en última instancia, no se olvide, a la voladura de la “indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”, como proclama solemnemente nuestra Constitución. Para que esto sucediera sólo ha sido necesario, por un lado, extraer todas las consecuencias de los volátiles principios en que se fundó nuestra democracia, como advirtió Tocqueville; y de otro, hallarnos en un contexto social en el que -parafraseando lo dicho por David Mamet- no existe sino una laxa asociación de intereses bajo el manto de la religión civil. En eso ha acabado parando la democracia: la ley del populacho. El populacho erigido en dios, que se glorifica a sí mismo, bajo la batuta y las ínfulas del sumo oficiante: un sátrapa oportunista sin escrúpulos que, hay que reconocerlo, supo aprovechar el contexto y el momento. Porque, como ya advirtiera siglos atrás Montaigne, ¿qué tirano ha carecido alguna vez de bastantes hombres dedicados a venerarlo?; pues la mayoría de las personas libres entregan su vida y su ser al poder de otros a cambio de muy livianas ventajas…

Si analizamos los acuerdos que el Partido Socialista ha concertado con los nacionalismos disolventes de la patria, para que el déspota Sánchez pueda permanecer en la Moncloa -que no por otro motivo, como cínicamente osan admitir-, constatamos que con ellos se consagra la decadencia y ruina de la periclitada democracia española. Tales acuerdos suponen la voladura del sistema democrático consagrado en nuestra Constitución y la abolición de los principios sobre los que se sustenta cualquier democracia: La igualdad, la seguridad jurídica, el principio de legalidad, la interdicción de la arbitrariedad en el ejercicio del poder, la división de poderes, las libertades civiles.

Porque, tales acuerdos entrañan el establecimiento de privilegios sociales, fiscales y económicos en favor de los vascos y los catalanes; privilegios que suponen de hecho la quiebra del principio de igualdad entre los españoles y el establecimiento de ciudadanos de diferentes categorías en función del territorio al que pertenezcan. Se supone que la igualdad es la bandera del socialismo; sin embargo, nunca ha sido tan ultrajada la igualdad entre ciudadanos sino a manos de los socialistas. Y no sólo por esto, sino porque parejamente, con sus indultos y amnistías, y con su sometida Fiscalía, han constituido una casta inmune a la ley y al derecho, una casta que, como decía Tolstói, en lugar de estar en la cárcel, ocupan sillas presidenciales en diversas instituciones, pese a ser responsables de una variada serie de delitos.

Porque tales acuerdos, asimismo, son un atentado contra el Estado de Derecho, el imperio de la ley y la separación de poderes, desde el momento en que establecen que el poder político puede constituirse en último intérprete de la ley y en tutor y corrector de la actividad de los jueces y tribunales. Y no digo ahora nada sobre el Tribunal Constitucional, como instrumento al servicio del poder político y no como garante de la Constitución, porque ese golpe al Estado de Derecho ya fue perpetrado, y ya me pronuncié sobre el asunto en una anterior pieza.

Permítaseme aquí una pequeña digresión: resulta hilarante la hipocresía, el cinismo y el sectarismo de la ‘Asociación jueces para la democracia’ que no se escandaliza ni critica que el Gobierno, mediante el recurso espurio de la amnistía a los golpistas catalanes, prive al Poder Judicial de su facultad constitucional de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado, sino sólo del mal llamado lawfare -barbarismo que pretenden inocular en nuestro idioma, como si no tuviésemos ya expresiones suficientes, como desviación de poder o prevaricación judicial o arbitrariedad, etc., para definir tal concepto-, trampantojo cuya verdadera finalidad es la de amedrentar a opositores y disidentes, jueces incluidos, porque, en tal caso, las potenciales víctimas serían directamente ellos y no el interés general y los principios de justicia e igualdad, que sustentan e inspiran nuestro ordenamiento jurídico; esto último parece no importarles a los ropones de ‘jueces para la democracia’.

Porque tales acuerdos, prosigo, suponen un atentado contra las libertades civiles. Particularmente contra el derecho de establecimiento, el derecho al trabajo, la libertad deambulatoria, la igualdad de oportunidades, el acceso a los servicios públicos esenciales, etc, desde el momento en que el ejercicio de tales derechos puede ser condicionado en los territorios vasco y catalán con exigencias o vetos ajenos al derecho común de la nación. Pero sobre todo se resiente la libertad de expresión, primera víctima siempre de cualquier régimen autoritario y que desgraciadamente ya venimos padeciendo, desde el momento en que, bajo la dictadura sanchista, la disidencia ha sido no sólo estigmatizada socialmente sino perseguida en las leyes, como sucede con la leyes de memoria, de género, o con el aberrante ‘delito de odio’; como dijo hace tantos siglos Tácito, si antaño sufrimos los crímenes, ahora padecemos las leyes.

Hemos necesitado que todo ello haya sido corroborado por los terribles hechos para tomar conciencia del momento; ahora, cuando ya es, probablemente, tarde y no tiene arreglo ni se puede deshacer, como premonitoriamente advirtió Javier Marías en su última novela.

Ahora constatamos amargamente que nuestro sistema político no dispone de ningún mecanismo de defensa que pueda oponerse y frenar los ataques contra la Constitución y la democracia propiciados y ejecutados desde el propio poder político; a excepción, claro está, del Tribunal Constitucional, garante supremo de la Constitución y de los principios que sustentan nuestra democracia, pero ya sabemos que una vez neutralizado este recurso y convertido, como lo está ahora, en refugio de una casta partidista incapaz de actuar si no es al dictado de quien lo sentó en la poltrona, ningún obstáculo se interpone ya en el camino de la dictadura y la liquidación de España como patria común e indivisible de todos los españoles.

Fijamos, entonces, nuestra salvación en la Unión Europea. Ingenuamente, afirmo, y, como el Dante, añado: lasciate ogni speranza. Ninguna salvación vendrá de Europa; no, desde luego, de la mano de los Borrell o los Von der Leyen; ya hemos visto cómo el prófugo Puigdemont ha buscado refugio frente a la justicia española en los propios salones de la Unión Europea. Estamos solos ante este desafío. Nadie vendrá de fuera en nuestro auxilio; ni siquiera entre nosotros mismos, entre las víctimas, digo, habrá unidad en el afán; los canarios, por ejemplo, otros que miran cómo sacar ventaja de la desgracia ajena, no moverán un dedo en defensa de la patria, mas puede que llegue un momento en que tengan que lamentarlo más aún que nosotros, los españoles peninsulares, al tiempo.

Admitiendo lo que ya parece inevitable, sólo nos quedará un consuelo, y es este: que por la naturaleza de las cosas -aun siendo esta tan manifiestamente contraria a nuestra Constitución y nuestras leyes- vascos y catalanes lograrán su objetivo.

Como en el banquete de Baltasar, los traidores a la patria han dejado escrito en sus desmoronados muros el mismo siniestro mensaje: Pesado, medido, dividido.

Dentro de unos años, lo que quede de España, llámese como se llame, tendrá que decidir su futuro. Tendremos, entonces, la palabra y la oportunidad de decidir qué seremos. Confío, entonces, que ningún consorcio político deseará esta demediada nación con aquellos que destruyeron lo que fue patria común. Del mismo modo, imagino, ningún traidor rompepatrias se librará de rendir cuentas por su traición: tendrán que elegir entre la cárcel o el exilio.

Sin renunciar a defender, pacíficamente, pero resueltamente lo que es nuestro, sírvanos eso de consuelo y alivio en estos tristes y graves momentos.

Negro noviembre de 2023

SÁNCHEZ, EL SÁTRAPA

Bien lo sabéis. Vendrán
por ti, por mí, por todos.
(Blas de Otero)

Vivimos días tristes; la grisura tizna la agradable claridad de los otoñales días sevillanos. Todo se consuma inexorable. Paso a paso hacia el abismo. A escasos metros ya de la desmembración de la patria y en el umbral, si no en el zaguán, de la dictadura sanchista, que apoyan y sostienen -¡cómo no!- todos los enemigos de la libertad.

Los reaccionarios, vistiendo el disfraz del progresismo, nos devuelven a tiempos remotos: la persecución de toda opinión disidente o contraria a sus intereses y la represión violenta de toda manifestación de disconformes. Como en la dictadura franquista, solo que ellos -la casta dominante-, complacientes hijos del régimen en su mayoría, no se jugaron, como nosotros, sus víctimas de hoy, el pellejo, la libertad, las becas y las habichuelas por la democracia y la libertad.

Leo en los papeles, con una mezcla de tristeza e indignación, exenta, desde luego, de sorpresa, que ayer el Gobierno canalla gaseó una manifestación pacífica, de ciudadanos pacíficos, porque protestaban contra los designios del sátrapa de la Moncloa. Ha dicho un representante sindical de la Policía que el uso de tales medios ni siquiera está permitido contra los radicales más violentos. Ya lo sabemos. Lo hemos visto. En Cataluña, en el 2011, cómo los radicales del 15M bloquearon el acceso al Parlamento e impidieron a los legítimos representantes del pueblo el ejercicio de sus funciones; o cómo los golpistas del 17-O y sus organizadas huestes destrozaban la propiedad pública y privada y agredían a las fuerzas del orden; o cómo la progresía atacaba y destrozaba las sedes del PP por toda España y agredían a los miembros de Vox en sus mítines a pedradas y palos. Y todo ello sin que la respuesta policial alcanzara ni de lejos a la que llevaron a cabo ayer. Libertad de expresión, jarabe democrático. Esas son las expresiones que dominaron el discurso de los que hoy ejercen la represión.

Sánchez ha hecho realidad el sueño socialista del fundador de su partido, Pablo Iglesias, y del incorregible y terco golpista Largo Caballero, el llamado Lenin español, colaborador de la dictadura de Primo de Rivera, amante de toda dictadura, sobre todo la de los suyos, como este nuevo Lenin pijo que ahora padecemos.

Porque ¿alguien duda ya, a estas alturas y tras tantas muestras de despotismo, que nos hallamos bajo el yugo de la tiranía? Dice Aristóteles que es tirano quien mira más a su provecho particular que al común. Pues, eso. Y, aviso para ingenuos, a todos llegará su turno; pues, como sabiamente advirtió Quevedo: del tirano que se come los que tiene debajo de su mano, no espere nadie otro favor sino ser comido el último.

Rompo hoy, con amargura pero con resolución, el vínculo afectuoso que en otro tiempo me unió con amigos socialistas. No deseo ya su afecto ni su trato. Y digo, como dijo Marco Bruto ante el cadáver de César, según refiere Shakespeare, que no porque no los ame sino porque amo más la libertad y a mis hijos y su descendencia. No quiero para ellos una estirpe de esclavos. No será ese mi legado, la esclavitud; porque, volviendo a Quevedo y a Bruto, perder la libertad es de bestias; dejar que nos la quiten de cobardes.

Negro noviembre de 2023

LA DECADENCIA

En estos días en que, ya sin remedio y sin paliativos, la propaganda y el interés comercial han impuesto al país la celebración del Halloween al modo anglosajón, como si se tratara de una de nuestras fiestas tradicionales, algunos viejos nostálgicos, lastrados todavía por el peso de la tradición católica que mamamos desde niños, añoramos aquellos días remotos de nuestra infancia, en que, en lugar de celebrar la víspera, festejábamos los propios días conmemorativos, es decir, a Todos los Santos y a los Fieles Difuntos -¡Qué bella expresión, esta!; tan cargada, en su simpleza, de sutilezas metafísicas-, y nos divertíamos con las calabazas talladas con expresiones monstruosas, que acrecentaba el titileo de la vela prendida en su interior, y con el juego de lanzar una moneda vieja y desgastada a un trozo de cañaduz apoyado en la pared, con objeto de clavar en ella su afilado canto y, después, mordisquear la caña hasta extraerle su dulzón y chorreante jugo. Porque, entonces, en esos años 50 del pasado siglo, espantando ya el fantasma del hambre, casi todo deleite remitía a la boca. Y es así como estas festividades están asociadas en nuestro recuerdo a las gachas y los huesos de santo, a los dulces de calabaza, a las castañas, etc., y no a los disfraces.

También, estos días del Halloween, me llevan a una reflexión sobre la decadencia -que así lo percibo yo, frente a la eufórica propaganda gubernamental del Ministerio de Asuntos Exteriores y del Instituto Cervantes- de nuestro idioma. Creo recordar que hace ya unos diez años que la Real Academia Española (RAE) denunció que el creciente uso de anglicismos empobrecen la lengua castellana e inducen al olvido de algunos de sus términos; bellísimos términos muchos de ellos, añadiría yo, que acabarán perdiéndose, para desgracia de las futuras generaciones de españoles. Como ya sabemos que las instituciones españolas toman conciencia de los problemas cuando ya es demasiado tarde para hacerles frente, la RAE, dentro de veinte o treinta años, advertirá con preocupación sobre el daño que el denominado lenguaje inclusivo -esperpento creado por una comuna de individuos ágrafos y huérfanos de lecturas- produce en nuestro idioma.
Claro que, antes de que la RAE diera la voz de alarma, fue la esclarecida Carmen Calvo la que dio -¡cómo no!- el aldabonazo: “El español está lleno de anglicanismos”, dijo, y Zapatero la hizo ministra de Cultura; porque, es sabido, que el socialismo del siglo XXI -es decir, el del visionario supervisor de nubes, Zapatero, y el del autócrata Sánchez- se ha caracterizado por tener en sus gobiernos a lo más granado de la intelectualidad. Siguiendo ese criterio, la referida fue desplazada de su alto pódium de número dos de la banda por otra que promete dar a los anales más sentencias y pensamientos memorables; siendo aún más meritorio, a mi modo de ver, que ésta -la Yoli-, pese a que se declara marxista, no es, sin embargo, de la misma escuela marxista que aquélla, es decir, Grouchomarxista, sino Cantinflera; escuela esta que, como es sabido, es de menor categoría intelectual, pues, ajena a las profundas sutilezas de la doctrina grouchomarxista, se agota en las evidencias formales y sus inagotables variaciones. Constituyendo esto un evidente hándicap, es por lo que afirmo que si al final la Yoli se impone a la Calvo en el Guinness de frases célebres, resultará aún más meritorio. Pero, dejemos las divagaciones, volvamos al tema de la decadencia de nuestro idioma.

Lo que me resulta deprimente es, digámoslo así, el aspecto socio-político y psicológico de la cuestión: la decadencia del idioma no es sino síndrome o manifestación de algo más profundo: la decadencia de la nación. No hay hoy día ni un solo país, cuyo idioma oficial sea el español, en el que, para quien ame la libertad y la justicia y el progreso, merezca la pena llamar hogar o patria. Qué interés, por otra parte, puede inducir a aprender nuestro idioma, no siendo nativo de uno de esos países, si vemos cómo es preterido, si no despreciado, incluso por los propios españoles; o qué interés constatando que es el idioma propio de los narcoestados, dictaduras y satrapías más aborrecibles del orbe. A esto estamos llegando. Tal la ruina y degradación, hasta en eso, de lo que otrora fuese la grandeza de España. Y todo ello, principalmente, gracias al propio afán. Una ruina labrada afanosamente contra nosotros mismos, a través de los siglos. No hace mucho tiempo nos reíamos de los llanitos, que proclamaban orgullosos: “nozotroh zemoh ziudadanoh británicoh…” Hoy los envidio, y me digo ¡quién fuese británico!, como ellos, eso dejando a un lado que el inglés, de la pequeña Inglaterra, ya nos ha echado la pata, hablando vulgarmente. Un país está sentenciado cuando sus naturales sienten tan amargamente vergüenza de serlo.

Noviembre de 2023