A UNA LATA DESNUDA

Mi abuelo, un buen hombre, aunque pusilánime, o más concretamente, calzonazos, era de la estirpe de Judá, es decir, un poco tacaño, bastante tacaño. Tenía una tienda de ultramarinos heredada de su padre. De modo que en las festivas ocasiones en las que es costumbre practicar la ‘elegancia social del regalo’ (como decía la propaganda del régimen, este no, el anterior) solía echar mano del género de la tienda que no tenía ya fácil salida.
Por su parte, su esposa, mi abuelastra, que era muy buena para la cocina y mejor aún para la repostería, tenía, sin embargo, unos sistemas pedagógicos que parecían adquiridos en las novelas de Dickens. En cierta ocasión, siendo yo un niño de 7 u 8 años, para corregirme el vicio de la avaricia y educarme en la virtud de la templanza, no se le ocurrió otra cosa que obligarme a comer una torta enorme que había rellenado con un trozo hexagonal de madera de una de esas jaulas que servían para transportar los quesos (como la que muestro en la imagen). Tras horas de roer sin sacar ningún provecho abandoné el banquete. Milagro fue que no perdiera más de un diente.
Pues bien, presentados los actores, pasemos a lo que importa: Un año recibieron mis padres la tradicional cesta de navidad enviada por ellos.
La cesta, como todos los años, era una caja de cartón ya usada, pues mi abuelo no era muy dado a refinamientos.
Entre los productos que contenía (un paquete de lentejas, dos carterillas de azafrán El Avión, un sobre de papel de estraza con paciencias, una lata de mejillones del río Bailón –DO egabrense-, media tableta de chocolate Quintín Nogueroles, dos huesos de bolillo, un cuarto de salchichón La Campana, con su marchamo de plomo) nos llamó la atención una herrumbrosa lata cilíndrica desprovista de toda etiqueta, desnuda tal como la parieron.
Obviamente, los chiquillos –tal vez advertidos por los exabruptos de mi padre: “Nati, las cosas de tu padre, será…”- a partir de ese momento centramos ya toda nuestra natural curiosidad en la dichosa lata.
La lata pasaba de mano en mano ¿Qué sería? Así entraron los griegos en Troya, en una lata como la que nos enviaba mi abuelo. Pero, en fin, suele decirse que ‘es de bien nacido ser agradecido’, así que hago honor al dicho y expreso mi gratitud en forma de poema:

Del estante en el extremo oscuro
de mi abuelo tal vez olvidada
herrumbrosa y cubierta de moho
estaba la lata.

Cuantas veces al verte tan sola
mi noble compasión levantaras
y a pensar en tu arcana natura
reflexivo al rincón me apartara.

De la estirpe de orín es tu fruto;
¿vegetal? ¿animal? ¿quién probara?
Sólo sé que a tu incierta sustancia
una cosa tan solo está clara:

No he de probarte yo, por más que ella
seductora rogando invitara,
o que, cruel, amenazas dé al habla.
Porque intuyo que tras faz inocua
lo que esconde, inocente, la lata
tras sus frías paredes de acero
es de jaula de queso una tabla.

Mayo, 2018