RECUERDOS DE LA ALHAMBRA

Desde que Mr. Chance, con su estúpido engendro de la ‘alianza de civilizaciones’, comenzó su cruzada contra la civilización occidental, en favor de lo que la progresía dio en llamar ‘multiculturalismo’, una de sus primeras víctimas fue la música clásica, entendida como manifestación de la tradición musical -sacra y profana- de la cultura occidental, fundamentalmente europea.

Como forma parte de la esencia del socialismo del siglo XXI, zapateril y sanchista, la patrimonialización y colonización de todos los poderes del Estado, de sus instituciones y empresas y organismos públicos, de toda índole, Radio Nacional de España no fue una excepción; y, menos aún, su cadena Radio Clásica, apóstol de la cultura occidental. La primera víctima fue, pues, su buque insignia: Clásicos Populares; el programa fue cancelado y, obviamente, fueron cancelados -odiosa expresión, con que el buenismo progre rebaja a la condición de cosa u objeto a las personas- sus principales sostenedores, admirados y queridos por todos, Araceli y Fernando. Y, a partir de ahí, en Radio Clásica se puede escuchar música étnica, flamenco, cuentos infantiles, coplas, jazz, música country, música oriental, etc., y largas conversaciones con los amiguetes de la casa; de todo… menos música clásica. Yo, que tenía la costumbre de hacer casi todas mis actividades domésticas, leer, escribir, incluso caminar o conducir, con el trasfondo musical de Radio Clásica, me he visto obligado a modificar un hábito tan consolidado en mi ermitaña y rutinaria vida y tirar de YouTube y de mi surtida discoteca, pues no hay vez que no termine apagando la radio o cambiando de canal, ante tanta música de chinos o de moros, o ante tanta cháchara vana.

De modo que fue por pura casualidad que, estando absorto en un divertidísimo pasaje de Dickens, no apagara la radio, como ya había decidido, y diera ocasión a que, minutos más tarde, se ofreciera, extrañamente, al oyente los Recuerdos de la Alhambra, de Tárrega, y con ello, además del disfrute de tan bella pieza, la remembranza de una tarde grata y entrañable.

No recuerdo con exactitud la fecha, pero, si la memoria no me traiciona, cosa probable, pues es tan embustera como los ojos, creo que fue en los primeros años de la década de los noventa del pasado siglo. Tenía por aquel tiempo mi destino profesional en la Dirección General de Universidades e Investigación, y, en virtud de ello, fui designado por mi condición funcionarial para formar parte -con voz y sin voto, como suele usarse en este tipo de órganos- del jurado que había de otorgar ciertos premios de investigación. Entre otras eminencias, formaba parte del jurado el insigne filólogo don Manuel Alvar, que, entre otros méritos de su dilatado y extraordinario currículum, acreditaba entonces el de académico de número de la Real Academia Española (RAE), ocupando el sillón T, hoy en las posaderas del magnífico escritor Arturo Pérez-Reverte.

La sesión de trabajo se celebró en el Hospital Real, sede del rectorado de la Universidad de Granada. Trabajar en un lugar como ese resulta impresionante. Sobrecoge no sólo la refinada belleza arquitectónica de sus patios y salones, sino la ineludible memoria del dolor y el sufrimiento que sus muros acogieron y contemplaron.

Como suele ser habitual en este tipo de actos, sobre todo si los presiden autoridades políticas, como era el caso, el fin de los trabajos fue coronado con un excelente almuerzo en la terraza, al pie de la Alhambra y con vistas a Sierra Nevada, del hotel Alhambra Palace. Pues es sabido, y aceptado mansamente sin protesta, por quienes pagan los fastos, es decir, los contribuyentes, que a nuestros políticos, ya sean de jurisdicción grave o vaporosa, ya extensa o breve o populosa o despejada, ya de este o aquél color político, da igual, les agrada disparar con pólvora del rey, y regalarse con los más exquisitos manjares y elixires, siempre que la cuenta corra a cargo de otros. Aquí el lector crítico podrá censurar mi participación en el banquete, y llevará razón. He de alegar, sin embargo, como atenuante en mi descargo que en toda mi vida profesional han sido más los casos en que he rehusado que aquellos en que me he visto obligado a aceptar. Pues no soy amigo de dispendios, menos aún si se realizan a costa del contribuyente. Y, cuando he tenido la autoridad y la ocasión y la potestad para realizarlos, jamás lo he hecho; porque considero, además, que las instituciones no se prestigian y dignifican con suntuosidades y opulencia y banquetes y privilegios, sino con la rectitud y eficacia en el cumplimiento de sus fines y con el ejemplo de quienes las sirven, sobre todo de quienes las dirigen y gobiernan.

Pues bien, concluido el banquete, cada mochuelo se dirigió a su olivo, como dice el refrán, y la comitiva de coches oficiales abandonó el recinto del hotel. Siendo las circunstancias concurrentes que yo acudí solo, que iba en mi propio coche y que era, entre los asistentes, la persona de menor rango y categoría, me cupo la obligación (para mí, el honor) de transportar, llegado el momento, a don Manuel Alvar al aeropuerto, y de acompañarlo y entretenerlo hasta la hora de salida del vuelo.

Yo conocía a don Manuel de oídas, como suele decirse; y, también, porque en mi casa abundaban los libros de filología, dado que mi esposa era licenciada en filología y profesora de lengua y literatura. Quiero decir que no me resultaba un absoluto desconocido, y que sabía de él mucho más de lo que él sabía de mí, como es natural. Como estábamos muy cerca, decidimos echar la tarde, hasta la hora del regreso, paseando por el Carmen de los Mártires y sus alrededores.

En el transcurso de una breve relación de este tipo es lo natural sostener una conversación insustancial sobre aspectos comunes y ordinarios de la existencia: qué eres, de dónde eres, dónde vives, estás casado, tienes hijos, etc.; fue así como supimos que habíamos nacido el mismo día, el 8 de julio, con treinta años, exactamente, de diferencia. Yo, por mi parte, además de llenar de humanidad lo que hasta entonces para mí era sólo un nombre en los papeles, descubrí, o, mejor dicho, constaté de nuevo, que con frecuencia las buenas personas, mientras más grandeza alberga su existencia, y más motivos fundados tienen para ensoberbecerse, más humildes, modestas y agradables en el trato resultan. Aunque, por desgracia, sea más frecuente encontrar lo contrario: tontos envanecidos y malvados.

Cuando ya cogí un poco de confianza, viendo su natural afable, y sabiendo que era, tal vez, el mayor dialectólogo de España, me atreví a preguntarle lo siguiente:

Don Manuel, ¿no cree usted que los sevillanos son los que peor hablan, entre todas las hablas de Andalucía? A lo que me respondió, partido de risa: Mientras se cumpla la principal función del lenguaje, que es la comunicación, no puede afirmarse que nadie hable mal.

Me agradó su respuesta, y me convenció. Aunque más tarde pensé que las risas que la precedieron era una forma elegante y discreta de darme la razón. Que me perdonen la familia y amigos sevillanos, y aquellos otros que sin serlo estén leyendo esto, pues no es mi intención ofender a nadie.

Fue una tarde estupenda que, transcurridos 30 años aproximadamente, todavía recuerdo grata y vivamente; ahora, después de tanto tiempo, ya no puedo escuchar a Tárrega o mentar la Alhambra sin que acuda a mi memoria tan apacible recuerdo.

Octubre de 2023

SOBRE LA ANIMALIDAD HUMANA; SOBRE LA HUMANIDAD ANIMAL

 “Me fijé que había un caballero entre
nosotros, y era un perro pastor…”
(W. Collins, La pobre señorita Finch) 

¿Quién no se ha detenido alguna vez a pensar qué es lo que nos diferencia de los animales? ¿Cuáles son los rasgos que conforman la línea divisoria entre nuestra especie y el resto de especies animales?

Basándome en ejemplos extraídos de textos literarios, no filosóficos, deseo compartir una sencilla reflexión con el lector desocupado (como amablemente gusto aludirlo, imitando, al menos en algo, a Cervantes; pues es evidente que si está leyendo estas líneas es porque no tiene nada mejor que hacer, que es tanto como decir, simplemente, nada): ¿verdaderamente, somos tan diferentes de los brutos; o, tal vez, nos parecemos más de lo que creemos y nos gustaría, en lo bueno y en lo malo?

Veamos que dicen al respecto algunos de los más eximios escritores.



LA BRUTALIDAD HUMANA

Comienzo con Hans Jakob Christoph von Grimmelshausen, autor de la mejor obra picaresca del barroco alemán: Der abenteuerliche Simplicissimus Teutsch; editada aquí, en la edición de Cátedra que manejo, con el título de Simplicius Simplicissimus. Esto dice de nosotros:

Hemos llegado hoy día a tal extremo que la diferencia entre las bestias y los hombres es mínima…muchos de los hombres son más cerdos que los puercos, más fieros que los leones, más viciosos que los machos cabríos, más envidiosos que los perros, más indómitos que los caballos, más torpes que los asnos, más insaciables que los bueyes, más astutos que los zorros, más carniceros que los lobos, más chiflados que los monos y más venenosos que sapos y culebras…distinguiéndose de los animales únicamente por su figura, aunque no posean ni con mucho la inocencia de un becerro.”

Parecida opinión (o los mismos motivos, los motivos del lobo) sobre nuestra especie exponía, apenado, el terrible lobo de Gubbio al varón que tiene corazón de lis, el mínimo y dulce Francisco de Asís:

"Hermano Francisco, no te acerques mucho...

Yo estaba tranquilo allá en el convento;

al pueblo salía,

y si algo me daban, estaba contento

y manso comía.

Mas empecé a ver que en todas las casas

estaban la Envidia, la Saña, la Ira,

y en todos los rostros ardían las brasas

de odio, de lujuria, de infamia y mentira.

Hermanos a hermanos hacían la guerra,

perdían los débiles, ganaban los malos,

hembra y macho eran como perro y perra,

y un buen día todos me dieron de palos.

Me vieron humilde, lamía las manos

y los pies. Seguía tus sagradas leyes,

todas las criaturas eran mis hermanos:

los hermanos hombres, los hermanos bueyes,

hermanas estrellas y hermanos gusanos.

Y así, me apalearon y me echaron fuera.

Y su risa fue como un agua hirviente,

y entre mis entrañas revivió la fiera,

y me sentí lobo malo de repente;

mas siempre mejor que esa mala gente...”


Si no fuese porque este lúcido lobo de Gubbio es muy anterior en el tiempo, se diría que había sido adoctrinado por las fábulas para animales de nuestro poeta Ángel Gónzalez, y seguía sus consejos:

Ya nuestra sociedad está madura,

ya el hombre dejó atrás la adolescencia

y en su vejez occidental bien puede

servir de ejemplo al perro

para que el perro sea

más perro,

y el zorro más traidor,

y el león más feroz y sanguinario,

y el asno como dicen que es el asno,

y el buey más inhibido y menos toro.

A toda bestia que pretenda

perfeccionarse como tal –ya sea

con fines belicistas o pacíficos,

con miras financieras o teológicas,

o por amor al arte simplemente-

no cesaré de darle este consejo:

que observe al homo sapiens, y que aprenda.


Pío Baroja describe en bastantes de sus novelas comportamientos animales que confrontados con los humanos no nos dejan en muy buen lugar respecto a aquéllos:

Vivo en un agujero negro donde no tengo más compañía que las ratas. Les echo migas de pan y lo agradecen. Sin duda tienen más memoria que los hombres…” (El escuadrón del brigante); “El cuervo tenía un perro tan malo como él. Era un perrillo viejo que mordía a los chicos y gruñía a todo el mundo. El zapatero le había puesto por nombre Rodil, para expresar su desprecio por el general que había perseguido a Don Carlos. El perro era menos cruel que el amo; cuando cogía una rata, la mataba; en cambio, el amo cuando cogía una rata la rociaba con petróleo y le pegaba fuego… (El sabor de la venganza); “El señor Sorihuela era bajo, regordete, cuadrado, feo como buen erudito. Tenía un perro chato, y era un problema, al verlos juntos, saber si el perro se parecía a él o él al perro. A punto fijo no era fácil averiguar quién era más egoísta de los dos, probablemente lo era el hombre…” (Con la pluma y con el sable)

Y todo ello, pese a que se atribuye -creo que injustamente- a los perros, como el principal defecto de su carácter, el egoísmo.

Criterio que no compartiría sir Walter Scott: “Exceptúo solemnemente de esta acusación de egoísmo e indiferencia a Trusty, el perro del corral, cuyas cortesías conmigo tengo razón para pensar eran de un carácter más desinteresado que las de cualquier otra persona que me ayudó a gastar la renta de mis bienes.”

Hasta el mismísimo William Shakespeare, en el Timón de Atenas, inclinaba la balanza en favor del animal: “Yo soy misántropo y odio al género humano. En lo que te concierne, siento que no seas un perro, quizás podría amarte un poco.”

También Mark Twain, hombre polifacético, de genio extraordinario y atormentada existencia, manifestaba, aunque de manera menos poética y más expeditiva, parecida opinión: “Yo no pregunto de qué raza es un hombre; basta con que sea humano. Nadie puede ser nada peor”, según nos refiere J.L. Borges en Otras inquisiciones.

Y, antes que ellos, Michel de Montaigne, hombre sabio y piadoso, señalaba de manera inequívoca sus convicciones respecto a la fidelidad y la amistad: En cuanto a su amistad (la de los animales) es la suya incomparablemente más viva y constante que la de los hombres.

En cuanto a la fidelidad, no hay animal en el mundo más traidor que el hombre.

Algo parecido debía sentir el Orlando de Virginia Woolf, que prefirió en cierto momento de su dilatadísima vida centenaria la compañía canina al trato humano: “…me comprarás de las perreras del Rey los sabuesos más finos de la jauría real —dijo a su lacayo—, me los traerás sin pérdida de tiempo, porque he acabado ya con los hombres.”

Se atribuye a lord Byron —que, por cierto, escribió en la tumba de su perro: “…tuvo todas las virtudes del hombre y ninguno de sus defectos…”— haber dicho que cuanto más conocía a los hombres más quería a su perro; y aunque algunos sostienen que la frase es de Diógenes de Sinope, pienso que no; pero hubiera podido ser así, pues la admiración de Diógenes por este animal era superior a la que pudiera mostrar hacia los humanos, hasta tal punto que se llamaba a sí mismo Diógenes el Perro; y, cuando murió, sobre su tumba alzaron una columna y sobre ella, coronándola, un perro de mármol. A quienes le preguntaban por qué se llamaba a sí mismo perro, les decía: “Porque muevo el rabo ante los que me dan algo, ladro a los que no me dan, y muerdo a los malvados”, al menos eso es lo que cuenta Diógenes Laercio en las Vidas de Filósofos.

Mi profesor de Filosofía del Derecho, el insigne iusnaturalista D. Francisco Elías de Tejada, sin llegar a los extremos de Orlando, manifestaba idéntica predilección por los perros, al menos por el suyo. Contaba que, viendo el cariz que tomaban los acontecimientos ante el trato que su perro dispensaba al costoso sofá recién adquirido por su esposa, tuvo que anticiparse a una previsible disyuntiva: “no me vayas a dar a elegir entre el perro y tú —nos contaba que dijo a su mujer—, porque ya sabes con quién voy a quedarme”.

LA PIEDAD ANIMAL

En los primeros balbuceos de nuestra literatura occidental, ya encontramos en Homero bellísimos testimonios de la compasión de los brutos: “Los corceles de Aquiles (Janto y Balio) lloraban, fuera del campo de la batalla, desde que supieron que su auriga (Patroclo, el amigo más querido de Aquiles) había sido postrado en el polvo por Héctor, matador de hombres. Por más que Automedonte, hijo valiente de Diores, los aguijaba con el flexible látigo y les dirigía palabras, ya suaves, ya amenazadoras; ni querían volver atrás, a las naves y al vasto Helesponto, ni encaminarse hacia los aqueos que estaban peleando. Como la columna se mantiene firme sobre el túmulo de un varón difunto o de una matrona, tan inmóviles permanecían aquéllos con el magnífico carro. Inclinaban la cabeza al suelo, de sus párpados caían a tierra ardientes lágrimas con que lloraban la pérdida del auriga, y las lozanas crines estaban manchadas y caídas a ambos lados del yugo.

Al verlos llorar, el Cronión (Zeus) se compadeció de ellos, movió la cabeza; y hablando consigo mismo, dijo: ¡Ah, infelices! ¿Por qué os entregamos al rey Peleo, a un mortal, estando vosotros exentos de la vejez y de la muerte? ¿Acaso para que tuvieseis penas entre los míseros mortales? Porque no hay un ser más desgraciado que el hombre, entre cuantos respiran y se mueven sobre la tierra.” (Ilíada, XVII, 426-447)

Y, algo después, los hermosos hexámetros del divino Virgilio nos conmueven cuando describe la aflicción de los nobles brutos Rebo y Etón: Díjole, pues, al abatido bruto: Ya mucho dura nuestra vida, oh Rebo, si dura algo mortal (…) los dos vengamos hoy o moriremos (…) pues no creo, oh bridón, que sufras verte en yugo ajeno y bajo teucros amos.”; y estos otros: “...en pos de ella el caballo de guerra, sin jaeces, el noble Etón, que llora grandes lágrimas…”.

Y si continuamos con los équidos, qué mejor ejemplo que el que refiere Sancho Panza a don Quijote sobre estos dos brutos cervantinos, tan familiares y queridos: “El rucio rebuzna, condolido de nuestra ausencia, y Rocinante procura ponerse en libertad para arrojarse tras nosotros…;

Analizando la cuestión desde la perspectiva canina, parece que existe una evidente e innegable reciprocidad; no solo la literatura, la vida, a través de sus registros en las hemerotecas, nos ha ofrecido innumerables ejemplos de la incondicional -y, tantas veces, inmerecida- fidelidad de los perros hacia los humanos. No en vano Borges, persona vastamente sabia, hablaba en uno de sus poemas de la “misteriosa devoción de los perros”. Hasta la ciencia lo corrobora, otorgando a la especie el cálido apellido ‘familiar’, con que se la designa: ‘Canis lupus familiaris’, vulgo perro.

Tal vez, el caso más famoso sea el de Hachiko (Hachi), que mereció incluso el reconocimiento del séptimo arte; Lasse Hallström, excelente cineasta, de exquisita sensibilidad y amante de los perros, lo honró en su película Siempre a tu lado, y una estatua en la estación de Shibuya (Tokio) enaltece su memoria y lo salva del olvido de las futuras generaciones de paisanos. Su dueño murió en 1925 y el animal siguió yendo a esperarlo a la estación durante todos los días de su existencia, durante 9 años -toda una vida para un perro-, hasta su propia muerte, acaecida en 1934.

Volviendo a Cervantes, qué mejores voces autorizadas para ilustrar esto de que hablamos que las de sus perros de Mahudes. Decíale Cipión a Berganza: “Lo que yo he oído hablar y encarecer es nuestra mucha memoria, el agradecimiento y gran fidelidad nuestra; tanto, que nos suelen pintar por símbolo de la amistad; y así habrás visto que en las sepulturas de alabastro, donde suelen estar las figuras de los que allí están enterrados, cuando son marido y mujer, ponen entre los dos, a los pies, una figura de perro, en señal que se guardaron en la vida fidelidad inviolable.” A lo que Berganza añadía: “Bien sé que ha habido perros tan agradecidos que se han arrojado con los cuerpos difuntos de sus amos en la misma sepultura. Otros han estado sobre las sepulturas donde estaban enterrados sus señores, sin apartarse dellas, sin comer, hasta que se les acababa la vida…

Cervantes que, como señalaba Borges en Del culto de los libros, tal vez no escuchaba todo lo que decía la gente, pero leía hasta los papeles rotos de las calles, seguro que había leído los Ensayos de Montaigne, como también Quevedo, que lo cita en algunas de sus obras como el Señor de la Montaña, pues éste, digo, Montaigne, en uno de sus ensayos titulado Apología de Raimundo Sabunda -pero que bien le podía haber puesto Exaltación de la piedad canina- refiere ejemplos cabales de lo que hablaron Cipión y Berganza; hasta tal punto, que si no supiésemos con absoluta certeza, por confesión de los propios interesados, que éstos solamente habían sido bendecidos con el divino don de la habla, y no con el de la lectura, diríamos que, al igual que su creador, también habían leído a Montaigne.

Pues cuenta Montaigne que Hircano, el perro del rey Lisímaco, al morir su amo, permaneció obstinadamente en su lecho sin querer beber ni comer; y el día en que quemaron su cuerpo, siguiole corriendo y lanzose al fuego, abrasándose en él. Como hizo también el perro de Pirro, pues no se movió de encima de la cama de su amo desde que aquél murió; y cuando se lo llevaron dejose llevar con él, y finalmente arrojose a la hoguera en que quemaban su cuerpo.”

Es probable que este perro fuese el mismo que Pirro recogió en luctuosas circunstancias: “El rey Pirro, habiendo encontrado a un perro que velaba a un hombre muerto, y habiendo oído que llevaba tres días realizando esa tarea, ordenó que enterraran el cuerpo y llevose consigo al perro. Un día, el perro, divisando a los asesinos de su amo, abalanzose sobre ellos con grandes ladridos y furioso enojo, y por este primer indicio iniciose la venganza de aquel crimen, que se llevó a cabo poco después por la vía de la justicia. Otro tanto hizo el perro del sabio Hesíodo…”

Son numerosos los crímenes que la fidelidad y el sentido de la justicia mostrados por los perros, más que el de muchos humanos, ha sustraído a la impunidad, desde tiempos remotos: “Otro perro, estando de guardia en un templo de Atenas, habiendo descubierto a un ladrón sacrílego que se llevaba las joyas más bellas, púsose a ladrar contra él con todas sus fuerzas; más, al no despertarse con ello los mayordomos, púsose a seguirle, sin perderle de vista jamás. Si le ofrecía comida no la quería, y a otros caminantes con los que se topaba hacíales fiestas con el rabo y tomaba de sus manos lo que le daban para comer; si su ladrón se detenía para dormir, deteníase él también en el mismo lugar. Llegó noticia de aquél perro a los mayordomos y por fin lo encontraron en la ciudad de Cromión y también al ladrón, que condujeron a la ciudad de Atenas, donde fue castigado. Y los jueces en agradecimiento por aquél buen oficio, ordenaron que la comunidad diera cierta medida de trigo para alimentar al perro, y a los sacerdotes que cuidaran de él.” Asegura Plutarco que esta historia es muy cierta y que aconteció en su época.

También, en nuestros días, hemos tenido perros como ese del relato de Plutarco; Ayax y Aris, que, a las órdenes de la ebúrnea Ayala, sirvieron fiel y eficazmente a la justicia desenmascarando corruptos y desvelando sus nidos de billetes, los escondites del botín. La diferencia, tal vez, es que en aquellos remotos días los malvados fueron castigados y el perro reconocido y premiado; hoy, sin embargo, se acostumbra más bien a lo contrario, y el reconocimiento y el premio recaen sobre los delincuentes, en lugar del castigo, como hemos tenido ocasión de comprobar en más de una ocasión.

Dejemos las divagaciones y volvamos al tema de la piedad animal. Cuenta Baroja que un tal Echenique, apodado Malhombre (crueles coincidencias de la vida), tenía un perro muy inteligente y también ladrón, Erbi. Se decía que Erbi, con mejor corazón que su amo, una noche que entre Martín Tampa, su criado, y Perico Beltza mataron a un viajero, estuvo aullando de una manera lastimera largo tiempo cerca del cadáver.”

Schopenhauer, que -en contraste con una cierta misantropía, al menos yo lo percibo así- mostraba un exacerbado amor por los perros (Si no hubiese perros no querría vivir, decía), sostenía que: "La piedad, principio de toda moralidad, toma también a los animales bajo su protección. La pretendida carencia de derechos de los animales, el prejuicio de que nuestra conducta con ellos no tiene importancia moral, de que como se suele decir, no hay deberes para con los irracionales, todo esto es ciertamente una grosería que repugna, una barbarie de Occidente, que toma su origen del judaísmo. Es necesario decirles a estos desdeñosos de los brutos (…) que al igual que ellos, que fueron amamantados por sus madres, el perro también lo fue por la suya".

Igualmente, sir Walter Scott nos ofrece en sus obras numerosas muestras de la piadosa conducta canina: “Le dotó de un instinto incapaz de engañar; no olvida al enemigo ni al amigo...Tiene una parte de la inteligencia del hombre, pero no tiene nada de su hipocresía. Podréis inducir a un soldado a que mate a un hombre, pero no podréis hacer que un perro se arroje contra su bienhechor; él es amigo del hombre mientras el hombre no provoque su enemistad.” (El talismán); “el perro le acompañaba a todas las funciones religiosas. Verdad es que a Bevis -así se llamaba el can- podía aplicársele el proverbio que dice: Es un buen perro, pues hasta va a la iglesia (…) Nadie protestaba del animal (...) pues la conducta que observaba era tan edificante, que hubiera podido servir de ejemplo a algunos feligreses.” (Woodstock o los caballeros)

Y, para terminar, sin salir de la Gran Bretaña, el pícaro Jingle, divertido y peculiar personaje de la novela de Charles Dickens The Pickwick papers, mostraba una curiosa admiración por los perros: “¡Ah!, debería tener perros, estupendos animales, criaturas sagaces. Tuve un perro una vez, un pointer, de instinto sorprendente; un día de caza, entrábamos en un coto; silbo...el perro parado, silbo...¡Ponto! Nada, no se movía, quieto; lo llamo ¡Ponto, Ponto! No se movía, el perro como en éxtasis, mirando una tabla, me fijo y decía: ‘El guarda tiene orden de tirar sobre los perros que entren en este vedado’…

Pero esto, tal vez, sea más propio de otra reflexión -que prometo abordar-, sobre las aptitudes intelectuales de los animales, que de esta que nos ocupa sobre la piedad de los brutos o la brutalidad de los humanos seres.

Octubre de 2023