Mi
abuelo, un buen hombre, aunque pusilánime, o más concretamente, calzonazos, era
de la estirpe de Judá, es decir, un poco tacaño, bastante tacaño. Tenía una
tienda de ultramarinos heredada de su padre. De modo que en las festivas
ocasiones en las que es costumbre practicar la ‘elegancia social del regalo’
(como decía la propaganda del régimen, este no, el anterior) solía echar mano
del género de la tienda que no tenía ya fácil salida.

Pues
bien, presentados los actores, pasemos a lo que importa: Un año recibieron mis
padres la tradicional cesta de navidad enviada por ellos.
La
cesta, como todos los años, era una caja de cartón ya usada, pues mi abuelo no
era muy dado a refinamientos.
Entre
los productos que contenía (un paquete de lentejas, dos carterillas de azafrán
El Avión, un sobre de papel de estraza con paciencias, una lata de mejillones
del río Bailón –DO egabrense-, media tableta de chocolate Quintín Nogueroles,
dos huesos de bolillo, un cuarto de salchichón La Campana, con su marchamo de
plomo) nos llamó la atención una herrumbrosa lata cilíndrica desprovista de
toda etiqueta, desnuda tal como la parieron.

La
lata pasaba de mano en mano ¿Qué sería? Así entraron los griegos en Troya, en
una lata como la que nos enviaba mi abuelo. Pero, en fin, suele decirse que ‘es
de bien nacido ser agradecido’, así que hago honor al dicho y expreso mi
gratitud en forma de poema:
Del estante en el extremo oscuro
de mi abuelo tal vez olvidada
herrumbrosa y cubierta de moho
estaba la lata.
Cuantas veces al verte tan sola
mi noble compasión levantaras
y a pensar en tu arcana natura
reflexivo al rincón me apartara.
De la estirpe de orín es tu fruto;
¿vegetal? ¿animal? ¿quién probara?
Sólo sé que a tu incierta sustancia
una cosa tan solo está clara:
No he de probarte yo, por más que ella
seductora rogando invitara,
o que, cruel, amenazas dé al habla.
Porque intuyo que tras faz inocua
lo que esconde, inocente, la lata
tras sus frías paredes de acero
es de jaula de queso una tabla.
Mayo, 2018