
Así las
cosas, la sabiduría popular, que en el fondo no gusta engañarse, acuñó el dicho
de que sólo los tontos y los locos son felices. Aristóteles había venido a
decir lo mismo, aunque, como es natural, de modo más elegante y sutil: el carácter melancólico es propio de las personas
inteligentes. Hipótesis exaltada a la categoría de arte por genios como
Lars Von Triers o Woody Allen.
Frente a
ello, es sabido que la religión actúa, si no como antídoto, como paliativo,
aportando consuelo o resignación ante la angustia existencial.
Hay, sin
embargo, personas a las que no les ha sido otorgada la gracia de la fe, o a las
que por rebeldía intelectual se les atragantan en la razón las religiones
trascendentes. ¡Qué más quisiéramos muchos de éstos que estar equivocados y que
existieran, por el contrario, esa otra vida o vidas futuras, donde se premie a
los justos y se castigue la maldad de los réprobos!
Algunos de
éstos (los descreídos, no los réprobos), entre los que me hallo, hemos encontrado, no obstante, un remedio al
aparente dilema: el arte elevado a la categoría de religión. Y no me refiero a
la naturaleza redentora del arte, que tiene la virtud de elevar el espíritu y
ennoblecer las acciones humanas.

Y no admito
que nadie traiga a colación a Lao Tsé o a Epicuro, ¡hasta ahí podríamos llegar,
compararlos con el Nota! El Notismo no se revuelca en el lodo del hedonismo, ni
es tan trascendente como el Taoísmo. Está, como señaló Aristóteles, en el punto
donde se halla la virtud: en el justo medio.
Así que, ya
que no podemos ser plenamente felices, procuremos, al menos no desaprovechar
los momentos de felicidad que podemos hallar en las cosas más simples y
cotidianas. En el nombre del Nota, que así sea.
Mayo, 2017